Arrow News - Archery Museum

Editor Responsable: Prof. Dr. Guillermo E. Bahamonde

lunes, julio 27, 2009

Sir Walter Scott - IVANHOE y la Arquería


ARCHERY MUSEUM - PRIMER MUSEO VIRTUAL DE LA ARQUERÍA EN LA ARGENTINA

Dr. Guillermo E. Bahamonde


La Arquería en la Literatura Universal
Sir Walter Scott

Ivanhoe

Espa-Credit S.A. - Madrid 1988


Extractamos aquí los párrafos de la Obra de Sir Walter Scott referentes a la Arquería publicados oportunamente por el Archery Museum

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Capítulo II

pág 48 A occidente abría en la empalizada exterior una puerta que comunicaba por un puente levadizo con una abertura semejante practicada en las defensas interiores. Se habían tomado algunas precauciones para colocar ambas entradas bajo la protección de ángulos saledizos que, en caso de necesidad, permitían franquearlas con arqueros u honderos.


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Capítulo IV

pág 60 Yo les enseñaré a interpretar las ordenanzas forestales. Pero basta de esto. Ve a tu sitio, bellaco. Y tú, Gurth, búscate otro perro, que si el guardabosques se atreve a tocarle un solo pelo yo te aseguro que no volverá a disparar el arco, pues por cada uña le arrancaré un dedo de la mano derecha.


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Capítulo VII

pág 92 Entre fámulas y gallardetes que ostentaban corazones heridos, corazones ardientes, corazones sangrantes, arcos y aljabas, con todos los emblemas representativos de los triunfos de Cupido, una inscripción blasonada informaba a los espectadores que este sitial de honor estaba destinado a La Royen de la Beauté et des Amours. Pero nadie podía imaginar en la presente coyuntura quíen iba a representar a la Reina de la Belleza y del Amor.

pág 98 El príncipe, encendido en ira, lanzó uno de sus ominosos juramentos y hubiera seguido adelante en sus propósitos de violencia si no le hubieran disuadido sus propios servidores, que le rodearon para aconsejarle moderación, y la aclamación general de la muchedumbre, que aplaudió entusiasmada la gallardía de Cedric. Entonces paseó iracundo sus ojos por la muchedumbre, como si buscase una víctima más propicia en que descargar su cólera, y topó con la mirada firme del arquero al que antes hemos aludido, el cual, sin ningún respeto al fruncido ceño del príncipe persistía en sus aplausos.

pág 99 -Que significan esos aplausos? -preguntó.
-Siempre aplaudo -contestó el arquero- la puntería de un tiro o la gallardía de un golpe.
-Apuesto entonces -insistió el príncipe- a que eres tirador capaz de dar en el blanco.
-Sin duda -respondió el montero-, a cualquier blanco y cualquier distancia de cazador.
-Y hasta una distancia de cien yardas, con el blanco de Walter Tyrrel -sonó una voz que nadie pudo localizar.
Esta alusión a la suerte de Guillermo Rufo, su abuelo asesinado, exasperó y desconcertó al príncipe Juan, que, sin embargo, hubo de conformarse con ordenar a su gente de armas que no perdiera de vista al jactancioso.
-Por San Grizzel -añadió-, que hemos de comprobar si es tan diestro en dar buenos golpes como en celebrar los de los otros.
-No faltaré a la prueba -respondió el arquero con la misma compostura con que hasta entonces se había conducido.


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Capítulo VIII

pág 103 Pero el tercero, para recreo más inmediato del vulgo, habría combates de tiro con arco, luchas de acoso con toros y perros y otras diversiones populares. De este modo trataba el príncipe de levantar el edificio de una popularidad que el mismo se encargaba de desmoronar con actos de agresión desconsiderada a los sentimientos e intereses del pueblo.


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Capítulo IX

pág 121 - No pienso abandonar Ashby hasta pasado mañana -respondió con una sonrisa el montero, que aguantó la iracunda mirada del príncipe con la misma inconmovible firmeza de que había hecho gala en su conducta anterior- Quiero ver como se conducen con el arco los condados de Stafford y Leicester, pues se cuenta que en los bosques de Needwood y Charnwood deben criarse buenos arqueros.


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Capítulo XIII

Pág 156 - Más no conviene -observó De Bracy- disgustar al pueblo, tanto campesinos como burgueses, privándoles de la prometida participación en los juegos.
-La noche queda lejos todavía -aconsejó Waldemar- y no estaría mal convocar a lo arqueros para la anunciada competición de tiro al blanco y adjudicar el premio. Con eso, por lo que se refiere a esa piara de ciervos sajones, da Vuestra Alteza cumplida satisfacción a sus promesas

Pág. 157 El sonido de las trompetas hizo volver a los espectadores, que ya habían empezado a despejar el campo. Entonces anunciaron los pregoneros que el príncipe Juan, requerido de pronto por altas y perentorias obligaciones públicas, se veía en la precisión de suspender los juegos anunciados para el día siguiente. Pero que, no queriendo que tantos buenos pecheros perdieran la ocasión de mostrar su destreza en el manejo del arco, tenía a mucha honra convocarlos, antes de abandonar el palenque, para una competición que se celebraría en alquel mismo momento. El premio al mejor arquero consistiría en un cuerno de caza con incrustaciones de plnta y una banda tambíen de plata, adornada con un medallón de San Huberto, patrón de la montería.
Los inscritos, entre los que figuraban vario monteros y guardas de los bosques reales de Needword y Charnwood, pasaron de treinta. Más cuando vieron con quien tenían que habérselas para disputar el premio, se retiraron más de veinte para evitar la vergüenza de una derrota casi segura. Pues en aquellos días la destreza de un buen arquero volaba en alas de la fama muchas millas a la redonda, como hoy todo aficionado a las carreras conoce las cualidades de un caballo adiestrado en el hipódromo de New Market.
-De tu insolencia deduje -le apostrófó el príncipe- que no eras tan buen arquero como charlatán y ahora veo que no te atreves a competir con verdaderos campeones. ...
-Pues bien, Locksley -ordenó el príncipe-. Cuando estos hombres hayan probado su pericia, nos harán tú una demostración de la tuya. Si te llevas el premio, añadiré a él 20 nobles de oro.

Pág. 158 Pero Guay si lo pierdes! Te haré echar del palenque a puro azote de cuerdas de arco por lenguaraz e insolente.
-Y si me niego a participar en la contienda? -replicó el campesino- Vuestra Alteza, con todo el apoyo de su numerosa guardia, puede hacer que me azoten, si le place, pero no hay fuerza humana que me obligue a tender el arco si no me acomoda hacerlo.
-Si rechazas esta oportunidad que te ofrezco -conminó el príncipe-, el preboste del torneo reducirá a astillas tu arco y te arrojará de nuestra presencia por cobarde.
_No es eso lo que yo llamo juego limpio -contestó Locksley- No me parece justo que me obliguéis a competir con los mejores arqueros de Leicester y Staffordshire bajo pena de infamia si no salgo airoso de la empresa. No obstante, me someto a vuestras órdenes.
-No le perdáis de vista -ordenó el príncipe a sus guardias-, pues me parece que el valentó va perdiendo ánimos y no quiero por nada del mundo que escape a la prueba. Y vosotros -añadió, dirigiéndose a los arqueros-, superad vuestras marcas. Un gamo y una bota de vino os esperan en esa tienda para vuestro regalo cuando os hayáis llevado el premio.
Colocaron el blanco en el extremo superior de la avenida que por el sur conducía al palenque. Los competidores ocuparon sus puestos al fondo del acceso meridional y a la distancia acostumbrada en esa clase de ejercicios. Cada arquero, en orden de prioridad decidido de antemano por sorteo, debía disparar tres flechas de seguido. ...
Los arqueros, adelantándose uno tras otro, dispararon sus flechas con tanto acierto como gallardía. De las veinticuatro que se lanzaron sucesivamente diez se clararon en la misma diana; las otras le anduvieron tan cerca que, habida cuenta de la distancia, podían considerarse excelentes tiros. De las diez que dieron en el blanco, dos pertenecían a Huberto, montero del Malvoisin, que en consecuencia, quedó proclamado vencedor.
-Ahora, Loksley -dijo el príncipe con cruel sonrisa al osado campesino-, quieres arriesgar tu suerte con Huberto o prefieres más bien entregar al preboste de juegos tu arco, banda y aljaba?

Pág. 159 -Ya que no se me da una mejor alternativa -contestó Lcksley- habré de probar fortuna, pero con la condición de que, cuando yo haya disparado dos flechas al blanco de Huberto, dispare el una al que yo proponga ...
-Un hombre no puede ir más allá de lo que le permiten sus fuerzas -respondió Huberto- y, por mi parte, no quisiera deshonrar la memoria de mi abuelo, que se portó como bueno con su arco en la batalla de Hastings.
El primer blanco fue sustituido por otro del mismo tamaño. Huberto, que, en calidad de vencedor en la primera fase del torneo tenía derecho a disparar el primero, apuntó con meticulosidad, midiendo durante un buen rato la distancia con los ojos, mientras que, colocada ya la flecha en la cuerda, tensaba el arco con las manos. Por último adelantó un paso y, levantando en arco en toda la longitud que le permitía el brazo izquierdo hasta situar la empuñadura a nivel de la cara, tiró de la cuerda con la diestra hasta la altura del oído. La flecha rasgó el aire con un silbido y se clavó en el círculo interior del blanco, aunque no exactamente en el mismo centro.
-Si hubieras contado con el viento -aconsejó Locksley, mientras tensaba su propio arco-, habrías hecho diana perfecta.
Acto seguido, sin demostrar la menor preocupación por preparar la puntería, pasó a ocupar su puesto y disparó su flecha como al desgaire, con tan poco aparente esmero como si no hubiera mirado siquiera al blanco. Apenas había acabado de hablar cuando ya el proyectil salía disparado del arco para clavarse en la diana, dos pulgadas más cerca del punto blanco que señalaba el centro que el del mismo Huberto. ...
-Aunque a ella me mandara Vuestra Alteza -contestó Huberto, que en toda ocasión echaba mano de la misma muletilla-, un hombre no puede ir más allá de sus fuerzas. Sin embargo, mi abuelo tomó parte con su arco...
-Al diablo con tu abuelo y toda su generación! -interrumpió el príncipe- Dispara y hazlo como mejor sepas, o de lo contrario prepárate para lo peor.

Pág. 160 Ante semejante exhortación, Huberto volvió a ocupar su puesto y, sin echar en saco roto el consejo de su rival, calculó la resistencia de un vientecillo que acababa de levantarse, tensó el arco y dejó partir la flecha, que fue a clavarse en el mismo centro del blanco.
-Ese es Huberto! Viva Huberto! -gritó la concurrencia más interesada por un conocido que por un extraño- Dio e el mismo blanco! No hay quien iguale a Huberto!
-No puedes mejorar el tiro, Locksley -dijo el príncipe con una sonrisa que valía un insulto
-Sin embargo -replicó el interpelado-, haré una muesca en su flecha.
Y apuntando con un poco más de detenimiento que la vez anterior, clavó el proyectil sobre el de su rival, que saltó en astillas. Los circunstantes quedaron atónitos ante tal prodigio de habilidad que sólo acertaron a expresar su sorpresa en un asombrado mutismo.
-Por fuerza ha de ser el mismo diablo, que no hombre de carne y huego -murmuraban entre sí los percheros- Jamás se ha visto semejante tiro desde que se tensan arcos en Inglaterra.
-Y ahora -propuso Locksley- solicito venia de Vuestra Alteza para colocar un blanco de los que se usan en las tierras del Norte e invito a todos esos bravos pecheros a intentar un buen tiro para arrancar a su moza galana una sonrisa como premio a su proeza. ...
A poco volvió Locksley con una vara de sauce de unos seis pies de larga, perfectamente derecha y un tanto más gruesa que el pulgar de un hombre. Con gran mesura empezó a descortezarla, mientras hacía la observación de que ofrecer a un buen arquero un blanco tan grande como el que se había empleado hasta aquel momento valía tanto como ofenderle en su orgullo de tirador poniendo en duda su destreza.

Pág. 161 -Por mi parte -agregó-, y en la tierra donde me he criado, un arquero tendría a menos ejercitar su puntería con un blanco como ese, no mucho más difícil que la mesa redonda del rey Arturo a la que podían sentarse sesenta caballeros. Un niño de siete años podría dar en esos blancos con una flecha descabezada. Pero -añadió, encaminándose con lentitud premeditada al otro extremo del palenque y clavando derecha en el suelo la vara de sauce-, al que dé en esta vara a una distancia de cien yardas no dudo en otorgarle patente de arquero, digno de llevar arco y aljaba ante el mismo rey, aunque éste fuera Ricardo de Inglaterra.
-mi abuelo -dijo Huberto- lució su arco en la batalla de Hastings y en su vida disparó semejante tiro. Ni yo seré el que lo intente. Si este hombre hiende la vara, le cedo mis trofeos o, mejor se los entrego al diablo que se oculta en su coleto. Un hombre no puede ir más allá de sus fuerzas y jamás dispararé cuando estoy seguro de errar el tiro. Tanto valdría disparar al filo de una navaja, a una paja de trigo o a un rayo de sol como a esa trémula línea blanca que apenas pueden vislumbrar mis ojos.
-Perro cobarde! -Exclamó el Príncipe- Dispara tú, Locksley. Si das en el blanco, no tendré más remedio que reconocer que eres el primer hombre que jamás lo hiciera. Aunque no estoy muy seguro de que la cosa no quede en pura fanfarronada. ...

Entonces procedió a doblar el arco, pero esta vez prestó más atención a su arma y, observando que había quedado algo floja y deshilachada de los dos tiros anteriores, cambió la cuerda. Entonces afinó la puntería con cierta morosidad, mientras la concurrencia con el alma en un hilo, guardaba un silencio sepulcral. El arquero, haciendo buena su aparente bravata, partió en dos con su flecha la vara de sauce. La muchedumbre prorrumpió en gritos de entusiasmo. El mismo príncipe, vencido por el asombro, olvidó un instante el odio que sentía por su persona.
-Toma estos veinte nobles de oro -dijo-, así como el cuerno que te has ganado con tal limpieza. Cincuenta más te ofrezco si te decides a vestir mi librea y entrar a mi servicio como miembro de mi guardia. Pues nunca mano más robusta tensó un arco ni ojo más certero dirigió jamás una flecha.

Pág. 162 -Personad, noble príncipe -contestó Locksley-, pero he hecho voto de no entrar al servicio de nadie que no sea vuestro real hermano el rey Ricardo. Estos veinte nobles de oro se los cedo gustoso a Huberto, que ha empuñado un arco tan bueno como el que lució su abuelo en Hastings y que, de no ser porque se lo ha impedido su modestia, hubiera dado en el blanco con tanta limpieza como yo.
Huberto sacudió la cabeza al recibir, con cierta repugnancia, el trofeo de su rival, que, huyendo de una popularidad que no le hacía ninguna gracia, se apresuró a escabullirse entre la muchedumbre.
Pero no le hubiera sido fácil al victorioso arquero hurtarse a la atención del príncipe si éste no se hubiera visto embargado en aquella sazón por asuntos más urgentes.


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Capítulo XV

Pág. 175 - Iba ya la noche muy adelantada cuando, agotado por tantos pasos y diligencias aunque satisfecho de sus resultados, volvía Futzurse al castillo de Ashby y tropezó con De Bracy, que había trocado su traje de gala por una corta capa verde, calzones del mismo paño y color, un casco de cuero, una espada corta, un cuerno de caza al hombro, un gran arco en la mano y un haz de flechas al cinto. Si lo hubiera encontrado en uno de los aposentos exteriores, hubiera pasado de largo sin prestarle atención, tomándolo por uno de los hombres de la guardia. Pero al encontrarlo en una sala interior, le miró con cierta curiosidad y reconoció al caballero normando bajo el atuendo de un montero o campesino inglés.


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Capítulo XVI

Págs. 188/189 - -No obstante, si yo me encontrara en vuestro lugar -insinuó el caballero-, daría mis buenos paseos a la luz de la luna, mientras monteros y guardabosques duermen calientes el sueño de los justos, y de vez en cuando, según iba murmurando mis oraciones, dejaría volar alguna flecha en dirección a las manadas que pastan en las praderas. sacadme de dudas, ¿no habéis practicado nunca este inocente pasatiempo?...

... Y acompañó sus palabras con la acción, de abrir otro escondrijo del que sacó un par de espadones y adargas del tipo que usaba en aquella época la gente del estado llano. El caballero, que observaba con atención sus movimientos, descubrió que este segundo escondite constituía un pequeño arsenal en el que había dos o tres arcos de buen tamaño, con media docena de haces de flechas, y una ballesta con su manojo de dardos. También aparecieron, al descubrirse la trampa, un arpa y varios otros objetos que nada tenían de canónicos. ...


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Capítulo XIX

Pág. 211 - -Creo -dijo, mirando el tahalí y el cuerno que todavía llevaba consigo- que no hace mucho vi dispararse la flecha que se ganó como premio estas bellas alhajas.
-Y yo -añadió Gurth- juraría por todos los santos que he oído, tanto de día como de noche, la voz del montero que disparó esa flecha y se llevó este premio no hace más de tres lunas.
-Mis buenos amigos -replicó el montero-, quienquera que yo sea no hace de momento al caso. Si logro rescatar a vuestro amo, tendréis motivo para juzgarme el mejor amigo que jamás hayáis tenido en vuestra vida. Pero el que se me conozca por este o aquel hombre, el que tiro o no al arco mejor que cualquier otro, el que guste de caminar a la luz del sol o la luz de la luna, todas ellas son cosas que, como no os atañen, no tienen por que daros quebraderos de cabeza.


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Capítulo XXV

Pág. 264 - -Por San Miguel -respondió Fuente de Buey-, que quisiera verte a ti pechar, De Bracy, con toda esta aventura. Estos villanos no se hubieran atrevido a obrar con tan inconcebible insolencia si no contaran con el apoyo de una banda fuerte y numerosa. Estos bosques pululan de forajidos que no perdonan el que los aya acotado para proteger mis ciervos. Hace poco até a uno de ellos, cogido en flagrante , a las astas de un ciervo salvaje, que no tardó cinco minutos en deshacerlo. Sus compañeros, en venganza, me han disparado más flechas que cuantas tiraron al blanco en el torneo de Ashby. ¡Sabéis al menos -preguntó a uno de sus servidores- con qué fuerza cuentan estos bellacos para sostener ese precioso desafió?
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-¿Te parece poco aguijón -replicó Frente de Buey- esas descomunales flechas que nunca marran?

Pág. 266 - Plegada la carta, el escudero se encargó de llevar esta respuesta singular al no menos singular reto al mensajero que esperaba, el cual, cumplida su misión, volvió al cuartel general de los aliados, establecido bajo una venerable encina que distaba del castillo unos tres tiros de flecha.

Pág. 267 - -Si las letras largas fueran arcos y flechas las cortas -dijo este-, quizá sacara algo en limpio. Pero tal como están las cosas, tan lejos estoy de desentrañar esta jerigonza como de acertar a un ciervo a doce millas de distancia.


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Cap. XXVII

Pág. 282 ... Fuerzas numerosas han puesto sitio a esta maldecida fortaleza. Apresuraos a conducirlas al ataque. Y cuando en la torrecilla del ángulo oriental veáis flamear una bandera roja, caed con todas vuestras fuerzas sobre los normandos que bastante trabajo tendrán dentro, y a pesar de arcos y catapultas no hallaréis dificultad en escalar los muros. Daos prisa, os lo ruego. Seguid vuestro destino y dejadme a mí con el que me aguarda.

Pág. 286 -Ballesteros -gritó a los guardas de las almenas exteriores-, atravesadme a ese monje con una flecha. Pero esperad - ordenó cuando ya éstos tensaban sus arcos- De nada serviría. He de confiar en él, puesto que no me queda otro recurso. Por otra parte no creo que se atreva a traicionarme. ...

Pág. 293 -¡A las almenas! gritó De Bracy- Pero veamos antes los preparativos de esa chusma. Por San Dionisio, que el viejo tiene razón -continuó después de asomarse a un ventanal de vidrieras que daba sobre una especie de torrecilla-. Avanzan protegidos por el parapeto de sus manteletes y asoman arqueros en la linde del bosque como negro nubarrón que anuncia una granizada.
...
-Dirigid al Cielo vuestra súplicas, que en la tierra no tenemos tiempo para escucharlas -replicó el feroz normando-. Cuida, Anselmo de tener a punto el aceite y la pez hirvientes para verterlos sobre las cabezas de los asaltantes. Mira que no falten flechas a los arqueros. Enarbola mi estandarte con la vieja cabeza de toro. Pronto van a ver esos malandrines con quién tienen que habérselas en esta jornada.

Pág. 294 - -Por la regla de mi orden -dijo-, que estos hombres hacen alarde de una disciplina que no se hubiera podido esperar de ellos. Ved con que destreza aprovechan la protección de árboles y arbustos para ponerse a cubierto contra los tiros de nuestras ballestas. No distingo entre ellos bandera o pendón algunos, pero apostaría mi cadena de oro a que obedecen las órdenes de algún noble caballero diestro en las artes de la guerra.


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Capítulo XXVIII

Pág. 307 -Moribundos nos veremos todos -replicó Fuente de Buey- si nos estamos aquí con los brazos cruzados. Yo me encargo de que os releven en la guardia de ese bellaco de vuestro compañero. ¡Ven aquí, Ufrida, bruja sajona! ¿Es que no me oyes, vieja de los demonios? Releva a estos hombres, que deben empuñar las armas, en el cuidado de ese herido al que, por lo visto, hay que prestar una especial asistencia. Aquí tenéis vosotros dos ballestas con su equipo de flechas y bodoques. Corred a la barbacana y afinad la puntería con esos malditos sajones.




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Cap. XXIX

Pág. 311 -¡Si pudiera arrastrarme -decía- hasta esa ventana para contemplar el desarrollo de la lucha! ¡Si sólo tuviera un arco para disparar y na flecha, un hacha para propinar un solo golpe por nuestra libertad! Mas, que puede intentar quien carece no solo de fuerzas sino también de armas?
...
-Os prohíbo que lo hagáis -ordeno Ivanhoe- Cada aspillera, cada celosía, cada abertura constituirá pronto un buen blanco para los arqueros. Una flecha disparada al azar ...

Pág. 313 Pero no eran los gritos y aclamaciones los que iban a decidir la contienda y los desesperados esfuerzos de los asaltantes tropezaron con una resistencia no menos vigorosa por parte de los sitiados. Los arqueros, adiestrados en sus ejercicios de montería a sacar el mejor partido del arco, disparaban en andanadas que cubrían con sus descargas nutridas todos los puntos vulnerables: tal una violenta granizada que siembra la desolación con el innumerable golpear de sus proyectiles. Los sitiados, confiados en la protección de sus corazas y parapetados tras los muros,, mostraron una obstinación en la defensa proporcionada a la furia del ataque y replicaron con andanadas parecidas de sus arcos, ballestas, hondas y otras armas arrojadizas. ...

Pág. 316 -Ya pasó el desmayo -respondió Rebeca-. Nuestros enemigos se hacen fuertes dentro de la barbacana, inmunes a los disparos del enemigo, que de vez en cuando lanza sobre ellos algunas flechas, más con la pretensión de molestarles que con la de hacerles alguna baja.


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Capítulo XXX

Pág. 322 -Como verdaderos demonios -contestó De Bracy - Capitaneadas por el villano que se llevó el premio de arquería en el torneo de Ashby, pues él era sin duda a juzgar por el cuerno y el tahalí, asaltaban los muros en tromba. En este colmo, el de alentar la rebeldía de estos bellacos, ha desembocado la famosa política de Fitzurse. De no haber estado protegido por una coraza a prueba de flechas, el bribón me hubiera cosido siete veces con tan poco escrúpulo como el el objetivo de su blanco fuera un gamo y no un caballero. Aún con la coraza, tal era la furia con que golpeaban sus proyectiles, mal lo hubiera pasado sin la camisa de malla española que llevo bajo el peto.
...
... La escasa guarnición no alcanza a cubrir toda la línea de def3nsa y los hombres se quejan de que no pueden asomarse al parapeto sin recibir una verdadera lluvia de flechas. ...


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Capítulo XXXI

Pág. 332 -Aceptadas estas razones -propuso Locksley-, me presto gustoso a tomar el mando de los arqueros. Y habréis de colgarme de esa encina que constituye nuestro cuartel general si permito asomar la cabeza a los defensores sin clavarles más flechas que agujas tiene un acerico.

Pág. 333 ... - ... Los que halléis ingrata esta tara u os encontréis insuficientemente armados para afrontarla, cubrid la parte superior de la barbacana, tensad bien los arcos y, con certeros tiros, no dejéis asomar al enemigo a las almenas de la muralla. ¿Queréis, noble Cedric, tomar el mando de esta reserva?

Pág. 334/335 Al mismo tiempo apuntó el arco y atravesó con un tiro certero el pecho de uno de los defensores que, a las ordenes de De Bracy, se hallaba ocupado en la tarea de arrancar un trozo de almena para precipitarlo sobre las cabezas de Cedric y el Caballero del Candado. Otro soldado arrebató al moribundo la palanca de hierro y ya había conseguido liberar la enorme piedra cuando, herido por una flecha que le atravesó el yelmo, cayó muerto al foso. Los demás defensores al verse indefensos contra los tiros de arquero tan formidable, retrocedieron amedrentados.
...
... Todos vieron el peligro y hasta los más valientes, incluso el atrevido ermitaño, rehuyeron poner pie en la balsa. Tres veces disparó Locksley contra De Bracy y tres veces rebotaron sus flechas contra la coraza de su armadura.
-¡Esa maldita malla española! -exclamó el montero- Si la hubiera forjado un armero inglés, mis flechas la habrían atravesado con tanta facilidad como si se tratara de una camisola de seda.


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Capítulo XXXII

Pág. 354 -Un cautivo de mi espada y de mi lanza- respondió el ermitaño de Copmanhurts- o, más bien, de mi arco y mi partesana. ...


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Capítulo XXXIII

Pág. 364 -Ella era sin duda -contestó el montero- la que se llevó el altivo templario a lomos de su caballo cuando rompió ayer entre nuestras filas al huir del castillo. Yo había tensado mi arco para dispararle una flecha, pero me abstuve de hacerlo por miedo de herir a la joven.
-¡Ojalá la hubieras disparado, aunque hubieses atravesado con ella el corazón de mi hija! -exclamó el judía-. Antes la tumba de sus padres, desventurada hija, que el infame lecho del licencioso templario.
...
-Bien -continuó el jefe de la banda-. No pretendemos ahogarte. Sin dinero te va a ser tan difícil arrancar a tu hija de las garras de Bois-_Guilbert como matar a un ciervo con una flecha sin cabeza. ...


Pág. 366 - ¿Así que vos sois el que llamábamos Dicon Tiende-el Arco? -Preguntó Isaac-. Por algo me sonaba tan familiar el acento de nuestra voz.
-Soy ese que tu dices -respondió el capitán-, como me hago también llamar por Locksley y alguno que otro nombre
-Pero estás equivocado, mi buen Tiende-el Arco, en lo que se refiere a la cueva del tesoro. Que Dios me niegue su ayuda si hay en ella algo que no sean unas vulgares mercancías que estoy dispuesto a compartir con vos; cien yardas de paño verde Lincoln para hacer casacas a vuestros hombres, cien estacas de tejo de España para fabricar arcos y cien cuerdas de seda para arco, duras, fuertes y redondas... Todas estas minucias las pongo a vuestra disposición por vuestros buenos oficios, con tal de que guardes un silencio absoluto sobre la cueva, que lo guardaréis, ¿verdad que sí, mi buen Dicon?
-Cuenta con él -respondió el capitán, aunque no sea más que por el dolor que me inspira la suerte de tu hija, a la que no veo el modo de prestar mi ayuda. Las lanzas del templario, demasiado fuertes para vuestros arcos en campo abierto, nos barrerían como se barre el polvo del camino.

Pág. 368 - Dicho y hecho. Tensando el arco, disparó una flecha al guía de una bandada de gansos que, por encima de sus cabezas, avanzaba en falange hacia los lejanos y solitarios marjales de Holderness. El ave, traspasada por la flecha, cayó al suelo revoloteando.


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Capítulo XXXIV

Pág. 375 El príncipe, como quien acaba de recibir un dardo en el pecho, palideció, vaciló y hubo de agarrarse, para no caer, al respaldo de un sitial de roble.


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Capítulo XXXV

Pág. 388 ... Los estatutos nos prohíben la práctica de la cetrería, la caza con arco y ballesta, el uso del cuerno y la persecución de las piezas a lomos de caballo; sin embargo, en todos esos mundanos ejercicios venatorios nadie deja atrás a los templarios. ...


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Capítulo XXXVII

Pág. 413 - ... Uno de los soldados había visto a Rebeca realizar una cura maravillosa sobre un herido que llevaron al castillo de Torquilstone. La joven, dijo, trazó ciertas figuras sobre la herida y repitió ciertas palabras misteriosas que él, gracias a Dios, no acertó a comprender, con lo que al punto se desprendió sola la fecha, se restañó la sangre, cicatrizó la herida y el agonizante, al cabo de un cuarto de hora, corrió a las murallas y ayudó al testigo a manejar una catapulta ... ... Pero ¿quién se hubiera atrevido a poner en duda la veracidad del testigo cuando éste, en apoyo de su testimonio, sacó a relucir ante el tribunal la punta de la flecha que tan milagrosamente se había desprendido de la herida? El mismo peso de la punta, una onza, vino a confirmar la exactitud del maravilloso relato.


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Capítulo XL

Pág. 450/451 Acosado por hombres armados hasta los dientes, ya empezaba a acusar la fatiga del violento esfuerzo que se veía obligado a realizar para parar los numerosos golpes que se le dirigían de todos los flancos cuando uno de sus más terribles atacantes cayó fulminado por una flecha que nadie pudo averiguar de donde vino. A poco, como llovido del cielo, sorprendió a aquella gavilla de forajidos un grupo de monteros capitaneados por Locksley y el ermitaño. ...

Pág. 452 -Si no fuera porque me parece escuchar una voz cuyas órdenes no admiten réplica -contestó el montero-, enviaría a este villano disfrazado de caballero una flecha que le ahorrara las fatigas de un largo viaje.
-Eme mismo corazón inglés que late en tu valeroso pecho -replicó el Caballero de la Negra Armadura- te ha hecho adivinar, Locksley, tu obligación de obedecer mis órdenes. Yo soy Ricardo de Inglaterra.

Pág. 453 -Alzad, amigos- dijo Ricardo con la mayor afabilidad, transfigurado el rostro por su habitual gesto de campechanía, que solo empañaban un tanto, no el rictus del resentimiento o la furia de la pelea, sino las huellas del esfuerzo realizado-. Levantaos, amigos. Con los leales servicios que restasteis a mis apurados súbditos ante la persona de vuestro soberano habéis expiado con creces vuestras fechorías. Levantaos y conducios como buenos vasallos en el futuro. Y tú, valiente Locksley ...
-No me deis ya ese nombre, señor, sino el que la fama se ha encargado de pregonar hasta llevarlo seguramente a vuestros reales oídos. Soy Robin Hood del bosque de Sherwood.

Pág. 454 -No, gracioso soberano -respondió el monje (al que en las baladas e historias de Robin Hood se conoce con el nombre de Hermano Tuck)-, no es el báculo lo que temo sino el cetro ¿Y cómo no, al recordar que mi sacrílego puño osó posarse en la mejilla del ungido del Señor?


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Capítulo XLI

Pág. 459 - ... El canciller debe hacerse con la plaza de Londres. Mi aparición demasiado súbita me expondría a peligros que no acertarían a conjurar mi lanza y mi espada aún cuando se volcaran en mi ayuda el valiente Robin con su arco, el hermano Tuck con su garrote y el prudente Wamba con su cuerno.

Pág. 461 -Es el cuerno de Malvoisin -dijo el molinero, levantándose y echando mano del arco. El monje soltó el jarro y empuñó el garrote. Wamba, cortando en seco un chiste, agarró la espada y la rodela. Todos los demás corrieron a las armas.

Pág. 462 - Robin Hood notificó al rey que había despachado, en la dirección del camino que iban a seguir, una partida de descubierta para que informara de cualquier secreta emboscada. Expresó al mismo tiempo la confianza de encontrar expedido el camino y de recibir en caso contrario, oportuno aviso que les permitiera requerir el auxilio de un fuerte contingente de arqueros con el que él mismo seguiría a la retaguardia.

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